viernes, 1 de septiembre de 2017

Anarquismo de barrio. Una tesis superadora

Por Ruymán Rodríguez

Ya he comentado en alguna ocasión que para mí la polaridad entre anarquismo social e insurreccionalismo es artificial. He concluido que solo hay anarquismo contemplativo (exclusivamente teórico) y combativo (principalmente práctico). Sin embargo, reconozco que hay a quien esto le pueda resultar insuficiente.

Los conflictos de tendencia se agudizan, y escasean los espacios de confluencia justo cuando más los necesitamos. Los vicios del llamado “gueto ideológico” son muchos y de sobra conocidos: elitismo, hermetismo, sectarismo, endogamia, superioridad moral, desconexión de la realidad inmediata, etc. No hace falta incidir más en ello. De lo que no se ha hablado tanto, al menos de forma razonada, es de los vicios del supuesto “anarquismo serio y responsable”. Las críticas han venido desde el dogma o la inactividad, no desde el compromiso y la militancia callejera. Gran parte del anarquismo sesudo nos ha hecho creer que lo maduro y práctico es rebajar la crítica hacía determinadas instituciones ocupadas por determinados partidos. Dicen transversalidad cuando en realidad quieren hablar de blanquear la imagen de las instituciones y aspiran a meter uno o dos pies en alguna de ellas. Han vendido la claudicación como la mayoría de edad del anarquismo y se han negado a aceptar que están vencidos y acabados, al menos como alternativa transformadora. A su vez su discurso anti-gueto, duro, áspero, severo, intolerante, no hace más que enrocar al gueto en sus posiciones. Cuando los escuderos de los concejales mordenetes te acusan de promover “inútiles” campañas de abstención, se te quitan todas las ganas de salir de los cómodos espacios afines. El discurso anti-gueto es a veces tan moralista como el pro-gueto, olvida que la militancia es también un proceso personal y que las compas que empiezan a implicarse deben probar distintas alternativas antes de encontrar la propia. Todas pasamos por nuestra propia etapa de creyentes. Si todo va bien será algo pasajero, pero si te fuerzan a base de censuras y reproches te puede durar toda la vida. El gueto es una deriva improductiva y que aspira a la automarginación y a la cultura del fracaso. Pero para criticarlo toca hacerlo desde abajo, y no desde la confortable posición del que compadrea en los despachos o trata de que no se desestabilice a ciertos ayuntamientos.

Entre el reformismo y el gueto caben varios mundos y también una tesis que venga a romper esa dicotomía: el anarquismo de barrio.

El anarquismo de barrio podría ser la propuesta que acabe con la falsa disyuntiva entre anarquistas sociales e insurreccionalistas (y de ambos con las autónomas, muchas veces cansadas del peso de la etiqueta ácrata). Tal y como el anarquismo sin adjetivos liquidó en su día el conflicto entre comunistas y colectivistas. Desarrollaré el concepto de forma deliberadamente simple y sin necesidad de citar referencias.

El anarquismo de barrio no es una propuesta nueva; solo es una propuesta olvidada. Se basa en recuperar lo que una vez hizo grande al anarquismo y lo convirtió en un arma popular: currar en lo concreto y centrarse en las necesidades básicas.

El anarquismo de barrio no es retórico, no le importa a qué tendencia teórica se adscriba quien lo practica. Su terreno no es el de la discusión ideológica. El anarquismo de barrio genera narrativa e ideas, pero en base a su actividad. No es un recurso cuantificable por la teoría abstracta.

El anarquismo de barrio es inminentemente práctico y su fuerza reside en su capacidad de trabajo, en su facultad de ser resolutivo y eficaz. Busca resultados tangibles que cambien la vida de la gente aquí y ahora.

El anarquismo de barrio no pierde demasiado tiempo en pugnas organizativas, ni se define por el tipo de estructura que escoja. No es un anarquismo identitario y excluyente, sino abierto y al alcance de cualquiera. Se retrata por su actividad, su labor, centrada en vivienda, en lo laboral, en la agricultura de subsistencia, en la alfabetización libre, etc. Se centra en lo primario porque sin las necesidades vitales cubiertas no hay espacio para la filosofía.

El anarquismo de barrio curra en el entorno más próximo, sin recluirse en lo local, pero sin ignorar la realidad circundante más urgente. Su campo de acción es el espacio barrial común, la lucha vecinal y callejera, lo inmediato. No se aísla en su pequeño reducto de urbe, pero tampoco divaga obsesivamente sobre marcos lejanos y macros mientras todavía no es capaz de interactuar con quienes le rodean y resolver lo cercano.

El anarquismo de barrio no ignora ninguna lucha, pero es un anarquismo principalmente para pobres, pensado por y para las marginadas, excluidas y precarias. Su principal campo de batalla son las necesidades más apremiantes: el pan, el techo y el abrigo. No subordina a esto el resto de luchas ni niega la multiplicidad de las opresiones. Pero es trabajando en este campo, currando con las vecinas, tejiendo redes con las personas más perseguidas y relegadas de la sociedad, como se aborda desde lo hondo, desde el asfalto y no desde el laboratorio o la biblioteca, el tema de la migración, el racismo, la natalidad, la opresión de género, la soberanía alimentaria ética, etc. No hay lucha más allá de las personas concretas que deben iniciarlas, y muchas de ellas se encuentran en los barrios, que es donde las distintas facetas de la opresión, la jerarquía y la desigualdad muestran su cara más cruda y menos sofisticada.

El anarquismo de barrio no está pensado para anarquistas que quieran evangelizar a los pobres. Está pensado para pobres en disposición de generar anarquía. La línea divisoria entre militantes y receptores de dicha militancia debe morir en el anarquismo de barrio. Son vecinas defendiendo el barrio, pobres combatiendo la pobreza, somos nosotras resolviendo nuestros propios problemas.

El anarquismo de barrio no necesita idealizar a los pobres. No explota el mito del “pobre bueno”. No cree que las personas sin recursos seamos ajenas a las bajas pasiones, los actos viles y a perpetuar la opresión. Pero sabe que a pesar del efecto milenario del principio de autoridad solo las que no tenemos nada tenemos a su vez algún motivo para cambiar las cosas. Sabe también que nadie puede dirigir nuestra lucha por nosotras y que nadie puede darnos nada que no tomemos por nosotras mismas. Cualquier sistema que se organice sin nuestra participación está condenado al fracaso.

El anarquismo de barrio es honesto. Reflexiona en voz alta sobre los propios fracasos pero sin necesidad de incidir en la mitología de la derrota. Tampoco es triunfalista, no vende victorias que son simples treguas. Es humilde y realista, y sabe que una pequeña conquista es solo la antesala de un nuevo esfuerzo.

El anarquismo de barrio no pacta con partidos ni quiere saber nada de las instituciones. Son el enemigo y están ahí para ser fiscalizados y combatidos, para arrebatarles cuanto podamos. No para regalarles sonrisas, fotos y titulares. El anarquismo de barrio es feroz en su independencia. Se construye desde abajo y no tiene ningún interés en las urnas ni en quienes se alimentan de votos.

El anarquismo de barrio es la vía para recuperar la calle, luchar por el espacio colectivo, reconquistar inmuebles y plazas, tomar lo común y devolverlo a las vecinas. Se basa en la gestión colectiva de los recursos y el territorio, en combatir la degradación del barrio, el desplazamiento forzoso, el encarecimiento de la vida, y hacerlo sin que el protagonismo se aleje nunca de las afectadas. Esa vía de la calle puede ser usada por todas las libertarias: por las “insus”, sin rebajar el discurso y sin renunciar a sus presupuestos; por las “sociales”, haciendo verdaderamente cosas prácticas con personas reales más allá de los libros y artículos sobre inserción social. Se puede expropiar un inmueble codo a codo con una familia sin hogar sin dejar de ser radical y sin tener que ser asistencialista. Se puede levantar una barricada ante un desahucio, generar conflictos y disturbios para conseguir la paralización del mismo, sin ser un irresponsable vanguardista y sin dar la espalda a la acción popular.

El anarquismo de barrio no se basa en lo que se dice sino en lo que se hace.

Ya advertí que era un planteamiento simplista. Muchas dirán que esto ya se hace y otras directamente lo harán si darle ese u otro nombre. Pero creo que hacía falta desarrollar un poco el concepto, dotarlo de una mínima entidad, por pequeña, sencilla y humilde que sea, y quizás empezar a identificar las actividades y proyectos que pueden articularse en torno a esta tesis, criticable y modificable, pero que podemos asumir todas las que estamos hartas de guerras de ideas porque tenemos necesidad de guerrear en la calle.

El anarquismo barrial y callejero retoma hoy formas nuevas, y sin necesidad de ninguna denominación se extiende por distintas partes del Estado. Quizás la alta política lo aplaste, quizás las dinámicas de retroalimentación ideológica no le dejen crecer, quizás sea fenómeno aislado y pasajero, o quizás es un espejismo que solo veo yo desde mi ultraperiferia canaria. Sea como sea, ante procesos tan arrolladores y crecientes como la gentrificación, la turistificación, los desahucios, el desempleo, la precarización de la clase obrera, la persecución de la población migrante, la exclusión social, la numerosa pobreza femenina e infantil, la indigencia cronificada, la reclusión carcelaria de generaciones enteras, la modificación drástica del entorno urbano y la destrucción de nuestros espacios de socialización, esta claro que no nos queda otra que retomar los barrios si queremos resistir la ofensiva y ser capaces de empezar a devolver los golpes. Las próximas luchas sociales se librarán en los barrios y si no queremos ser expulsados de los mismos y entregarlos francos a los especuladores nos toca hincar los pies en suelo y prepararnos para no cederles ni un palmo de terreno. Si no articulamos un anarquismo de barrio otros nos impondrán su fascismo de barrio y nos pasarán por encima. La lucha por ese pequeño espacio es también una lucha por la supervivencia y morir no debería entrar en nuestros cálculos.

Imagen: Pintada en un muro de Córdoba